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Juan Carlos PARADISO
Datos personales, Curriculum Vitae, Fotos profesionales y familiares, trabajos de investigación y publicaciones, mis hobbies, enlaces a mis otros sitios en desarrollo: Historia de la Educación, educación anarquista, Genalogía de Palazzo San Gervasio, etc.

17/10/2006 GMT 1

Notas autobiográficas

paradiso @ 01:03

NOTAS AUTOBIOGRÁFICAS (Publicado como introducción al libro "Bruno: ¿Ha muerto el clínico?"

En tiempos del mundial 78’ un niño de 6 años comenzó a inte-resarse en los veleros y las pequeñas lanchas que surcaban el Río Negro. Ocasionalmente lo llevaba conmigo al hospital, aunque eso parecía interesarle menos que las curiosidades ribereñas.

Algunos años atrás ...

Obtuve mi título de médico en la Universidad Nacional de Ro-sario, en 1970. Tuve una carrera prolongada, porque mi cohorte tuvo la excepcional mala suerte de ser una de las dos en la historia de ingresar con un año completo de Pre-Médico que después fue eliminado ... exactamente cuando terminábamos de aprobarlo. Al finalizar la carrera, debí completar el año de practicanato obligato-rio ... poco antes de que éste fuera también eliminado del curricu-lum. En total: 8 años virtuales de carrera obligatoria ... y algo más.
Fui médico interno, residente y Jefe de residentes de clínica médica del “Policlínico Eva Perón” por entonces prestigioso hos-pital-escuela de la Facultad de Ciencias Médicas. En esta época nacieron Bruno en 1972 y Mauro en 1975.
Luego de 6 años de formación de posgrado, en 1976 recibí una oferta para trabajar en la Patagonia, como instructor de residentes en el Servicio de Clínica Médica del Hospital Regional de Viedma. Allí viví en un paraje increíblemente bello y solitario junto al Río Negro, con una canoa anclada en el terreno de mi casa y algunos caballos que sólo mis hijos lograron disciplinar.

Si bien yo era algo lento para montar, era sumamente rápido ... para regresar a la tierra. Un día aprendí a apearme del caballo (para evitar males mayores). Mis hijos allá crecieron libres y disfrutaron de sus mejores años. Bruno – a sus seis años – había descubierto la fascinación del río y solía quedarse mirando en la orilla con qué rapidez el viento patagónico empujaba las velas preñadas de los pequeños barcos. Mauro, más pequeño, no tardó mucho tiempo en sorprendernos galopando un tordillo mañero.
Viedma tiene alrededor de 40.000 habitantes. Con Carmen de Patagones están separadas/unidas por el Río Negro sobre el cual se tienden dos puentes. Aquí es donde Alfonsín quiso asentar la nue-va Capital, dicen que en parte movido por la belleza del lugar.
Como explico con mayores detalles en el libro, además de atender pacientes y de disfrutar de la vida, la tarea del médico en una pequeña ciudad del interior ofrece oportunidades para la crea-tividad. Se puede estudiar, aprender, enseñar, investigar y publicar. Es cierto que las posibilidades de llevar a cabo una investigación sistemática no son las mismas que las que se ofrecen en un centro universitario. Creo que se debe estar más a la caza de las oportuni-dades, como los príncipes de Ceylán en Serendip, atendiendo a los tesoros que cotidianamente nos regalan los pacientes. Los temas que debemos encarar, sobre todo en Clínica Médica, son más am-plios, ya que es improbable lograr una casuística importante en cualquiera de las afecciones específicas. Pero siempre es posible aportar al conocimiento y no sentirse al margen de la comunidad científica por el corset de una práctica repetitiva y rutinaria. Al do-nar mis propios libros y revistas de medicina, inicié y dirigí la bi-blioteca del Colegio Médico, a la cual aportaban todos los médicos de la zona (un centenar) contando con publicaciones periódicas nacionales e internacionales.
La mayor parte de mi producción en la especialidad se desarrolló mientras trabajé como Clínico en Viedma, en el corto período va desde 1976 a 1983, lamentando las coincidencias ... pues fue un período terriblemente largo en otros sentidos. En 1981 – años de la plata dulce – me animé a publicar un artículo alertando sobre las posibles consecuencias de la incorporación acrítica de tecnología en el campo de la salud. Quedó escrito, alguien se molestó años más tarde y hoy – cuando las consecuencias del modelo están a la vista – me parece oportuno reflotarlo en este libro. Recibí un premio argentino en 1982 por un trabajo sobre hipertensión arterial que me permitió viajar al congreso mundial de cardiología de Moscú y culminé con el primer premio Latinoamericano de Oncología, que me entregaron en Panamá en 1984. A mi regreso cambiaría mi destino. Con el retorno de la democracia, la Universidad Nacional del Comahue me designó decano normalizador del Centro Regional Viedma. Allí prácticamente termina mi relación estrecha con la Clínica Médica y empiezo a recorrer nuevos caminos que me acercarían a otros campos del conocimiento, entre ellos la educación y la Psi-cología Social.
Posteriormente convocado por el Ministerio de Educación de Río Negro colaboré y fui ferviente motorizador del Congreso Pe-dagógico y de la experiencia del CBU (Ciclo Básico Unificado) un intento valiosísimo de reforma del nivel medio de la educación. La medicina interna se seguía alejando ...
Antes de despedirme de Viedma fui director por concurso del Hospital Regional, en donde impulsé un proyecto de Atención Primaria basado en el trabajo de médicos generalistas y de Traba-jadores de Salud de la comunidad. Asimismo intenté jerarquizar el trabajo en consultorio y en los centros de salud, combinando do-cencia y asistencia, otra idea que desarrollo en estos ensayos.
La democratización de la gestión y el funcionamiento desde la perspectiva del paciente estuvieron entre mis fines. Impulsé el tra-bajo en grupos de reflexión – a los cuales me había acercado desde la teoría de Pichon-Rivière – tanto para afrontar las disonancias y conflictos internos como para desarrollar acciones en relación con la comunidad; el trabajo con grupos de pacientes resultó muy útil en Educación para la Salud. Intenté reorganizar los servicios hos-pitalarios según la lógica de los Cuidados Progresivos; las resis-tencias al interior de algunos servicios frenaron el proyecto.

En 1989 estaba preparando mi regreso a Rosario, luego de 16 años de trabajo en la Patagonia, pensando en una reinserción a la vez en la Clínica y en la Universidad como profesor adjunto de Clínica Médica. Sucedió que mis escritos y mis opiniones resulta-ron bastante revulsivos para la Comisión Asesora. Entre otras co-sas peores, se me acusó en el dictamen de defender la automedica-ción; también causó escozor mi tesis de los galenos ecuestres. Lo primero fue una tergiversación de alguna de las ideas que expongo en este libro. Lo segundo – el afirmar en la entrevista que el médi-co debía bajarse del caballo – era sólo para protegernos de los golpes que producen las caídas; algunos equinos, en efecto – como yo había experimentado en la Patagonia – nos pierden totalmente el respeto, corcovean, se largan como desesperados al galope ... lo cierto es que mi advertencia fue mal interpretada.
Tardé mucho en reponerme del dolor del fracaso; creo que en-tendí mejor las cosas cuando años más tarde leí ciertos artículos acerca de que la Salud para Todos es sólo una metáfora y la Aten-ción Primaria poco menos que una puerilidad desechable. Era esa gente que todavía andaba por ahí.
Lo notable fue que al mismo tiempo gané un concurso, tam-bién como Prof. Adjunto ... pero en la Facultad de Psicología. Fue otra gran circunstancia que me alejaría de la Clínica, esta vez defi-nitivamente.
Estaba recién aterrizando en Rosario cuando el entonces Secretario de Salud Pública Hermes Binner y el Subsecretario Alfredo Martínez de Maussion me convocaron para colaborar en la gestión de salud, designándome como Coordinador del Area Científica. Me enorgullece continuar en este cargo, además de ser el cronista – un Pigafetta – de sucesivas gestiones que en 11 años han desarrollado con continuidad una de las políticas más interesantes y transparentes en Salud. Allí se me ha confiado la redacción y edición de los libros de los congresos de salud del municipio, conformando un cuerpo teórico que refleja la reflexión de numerosos sanitaristas y profesionales de nuestro país y el exte-rior.
En 1994 la Fundación PROMIR (Progresos en Medicina Inter-na, Rosario) organiza un concurso nacional para médicos clínicos, lo cual me permitió retomar brevemente – aunque sólo desde la re-flexión – mi contacto con la especialidad. El trabajo premiado es el que denominé Historia Clínica de la Clínica, y que fuera entregado en el concurso en un papel apergaminado y semiquemado, lo que se salvó de la destrucción de un ex consultorio “de una especiali-dad en desaparición”. Claro: era una advertencia.
En 1995 la misma fundación decide dar dos opciones a pre-mios, dividiendo los temas en: 1) Formación del internista 2) El in-ternista en Atención Primaria. Recurrí a una pequeña estratagema legítima y legal: me presenté a los dos temas, con diferentes seu-dónimos: Nietzsche (por Federico) y Mario (por Kempes). Me contaron que el jurado tuvo dudas y entre todos los trabajos recibi-dos, optó por otorgar dos primeros premios, uno por tema. Los au-tores eran ... Nietzsche y Mario. Creo imaginar la cara de algunos de los miembros del jurado al abrir los sobres y descubrir el paren-tesco entre la filosofía y el fútbol.
Integraron el jurado personalidades de la talla del Prof. Dr. Guillermo Jaim Etcheverry, ex-decano de la Facultad de Medicina de la UBA, el Dr. Amadeo Barousse, director de la revista “Medi-cina” (Bs. As.), el profesor Miguel Angel De Marco, Miembro de la Academia Argentina de Historia y el Prof. Dr. Héctor O. Alon-so, en representación de la fundación. Vale la pena mencionar que fue a partir de esta grata circunstancia que creí oportuno contac-tarme con el Prof. Jaim Etcheverry, a quien hasta entonces no co-nocía, para solicitarle la redacción del prólogo de este libro, el cual me enorgullece.
Con “Treinta años no es nada” obtuve una mención en el concurso nacional del Colegio Médico de Mar del Plata. Es un cuento que tiene mucho que ver – entre otras cosas – con el irriso-rio destino de los médicos en nuestra sociedad y con la fantasía del músico que hubiera querido ser.
Completan la obra un estudio sociológico sobre las relaciones médico - paciente y algunos escritos breves. Quedé muy satisfecho después de escribir el artículo sobre Serendipismo, rigurosamente autobiográfico. Aquí relato lo que algunos llaman la “cocina de la investigación”. Lo expongo como ejemplo de lo que para mí signi-fica ‘estar con la mente alerta’ dispuesto a asombrarse frente a ciertos hechos cotidianos, una de las cualidades que reclamamos al investigador, aunque sea no la única. A veces, esa capacidad de asombro y esa curiosidad nos brinda grandes satisfacciones, otras ... sólo falsas alarmas.
Funciones y actividades en campos muy diversos me permitie-ron acercarme a otros saberes, a otras lógicas, a otras maneras de concebir la ciencia. Todo ello me permitió incorporar un punto de vista casi transdisciplinario ... y el resultado es algo así como mirar la clínica como lo haría un epistemólogo, como lo haría un soció-logo, como lo haría un educador, como lo haría un psicólogo, co-mo lo haría un humanista. Pero no es ‘la clínica’ vacía sino que es-tá llena de voces, de aquellos que fueron mis maestros, mis com-pañeros, de algunos de los que fueron mis pacientes ... en suma las voces que reaparecen al calor de mis propias vivencias. La imagen que me viene a la memoria es la de “Ghost” cuando el espíritu se retira del cuerpo y puede observarse a sí mismo agonizante desde otra posición, con su bellísima novia atormentada sosteniendo su cuerpo. Pero no nos adelantemos: el clínico no muere en la intro-ducción ... en todo caso su fantasma seguirá vigilando el tesoro pa-ra alejar a los que intentan ser sus herederos. Por lo tanto, como di-ría un español, no os acerquéis a la novia.

En la confección de este libro tengo deudas con mucha gente. Debo agradecer especialmente al Prof. Dr. Guillermo Jaim Etche-verry, quien me ha honrado con la redacción del prólogo y ha leído con atención los borradores efectuando valiosas sugerencias.
En su descargo, así como para hacer justicia hacia todos quie-nes premiaron los trabajos originales, debo confesar que éstos han sido reescritos, lo cual convierte al texto en un nuevo enunciado, en donde he volcado con mayor libertad, entusiasmo y vehemencia muchas ideas y anécdotas que no había dejado permear en los en-sayos concursados (necesariamente anónimos por las exigencias de aquellos concursos). Soy único responsable de estos cambios. Co-mo consecuencia creo que el texto será apreciado por un público más diverso, no solamente del campo de la salud. Asimismo, he intentado dar unidad a los ensayos que devienen capítulos.
Silvia Armentano puso su arte al servicio de una excelente portada. Diego Fernetti hizo un desesperado intento de mejorar mi imagen a través de generosos trazos de lápiz, pero todos quienes me conocen personalmente sabrán de la futilidad de tal empresa. Las caricaturas son valiosas, pero mi problema no se arregla ni con artes plásticas ... ni con cirugía plástica. Encontré en la editorial de la UNR una notable disposición para que este libro tenga una pre-sentación cuidada.

Juan Carlos Paradiso

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