(Premio PROMIR) Publicado en 'Bruno: ¿Ha muerto el clínico?'
La preocupación que se advierte en el campo de la salud con respecto al advenimiento de la Atención Primaria de la Salud (APS), no es ajena al problema de la inserción que pueda caber a las diferentes disciplinas en este terreno fangoso de los centros de salud barriales, con los cuales a priori se suele identificar la APS. La clínica médica, una de las disciplinas más antiguas y abarcati-vas, parece una de las que podrán hacer pie en ese terreno. Pero, evitando las obviedades que harían innecesarias estas reflexiones, nos proponemos problematizar los conceptos comprendidos en el título, partiendo de la hipótesis de que ni la Clínica Médica ni la APS encierran ideas unívocas. En este capítulo iremos a la bús-queda de definiciones desde lo conceptual y desde su historicidad concreta, que es decir no contentarnos con definiciones connotati-vas abstractas sino que las completaremos con definiciones osten-sivas, comparando experiencias. Se hace un análisis de los perfiles profesionales adecuados a la atención primaria, la necesidad de ar-ticulación entre niveles y sectores y la orientación del recurso hu-mano, particularizando en el internista general.
Devenir de los conceptos
Nos enfrentamos a dos términos conocidos: médico clínico y atención primaria. Ello equivale a preguntarnos qué relaciones existen o pueden existir entre ellos. ¿Será tan obvia la respuesta?. Si así fuera, ¿por qué la preocupación de la Fundación PROMIR de organizar un concurso sobre las implicaciones de la práctica clínica en APS? Preguntas como éstas, nos obligan a reflexionar en un nivel de abstracción mayor. ¿Se trata de discurrir sobre las no-vedades de una vieja especialidad en una aplicación reciente? ¿O es que se trata de un problema? ¿Se nos plantea un nuevo desafío? Y si es así, ¿de quién proviene esta problematización?: ¿solamente de nuestra propia inquietud? ¿O quizás se esté dirimiendo una cuestión de límites, de fronteras, de incumbencias?. O aún más: de subsistencia? ¿No habrá en este nuevo campo algo que esté cues-tionando nuestra propia identidad y nuestro futuro?. Resumiendo: APS: ¿nuevo campo de trabajo para santificar nuestra práctica de internistas o camposanto para una muerte anunciada? ¿Oportuni-dad o peligro?
La primera simplificación sería considerar que uno de estos términos designa al actor – el clínico – y el otro un escenario parti-cular en donde aquél puede desplegar su rol conocido. Ya todos sabemos lo que es un clínico. Y hoy por hoy, todos tenemos algu-na idea acerca de la atención primaria. Imaginemos, pues, a nues-tro clínico en un consultorio de poca complejidad situado en un ba-rrio y no deberemos complicar más las cosas. Hemos vuelto circu-larmente al título. Pero las cosas se complican solas. Porque no to-dos decimos lo mismo cuando pronunciamos “atención primaria” ni todos pensamos lo mismo cuando reflexionamos sobre el rol del clínico.
Nuestro actor ha jugado diversos papeles a lo largo de la histo-ria. Y su perfil se adecua necesariamente a un devenir dado por el cambio de necesidades sociales, por los nuevos patrones de enfer-medad, por los adelantos tecnológicos, por el desgajamiento de las subespecialidades. España nunca fue la misma después del descu-brimiento de América. Tampoco el clínico es lo mismo después del nacimiento de la cardiología o la hepatología, después del ad-venimiento de la resonancia magnética nuclear (RMN), el desarro-llo de la quimioterapia, el surgimiento del SIDA o las nuevas for-mas de internación domiciliaria. Cada una de estas realidades va marcando en el perfil del clínico una impronta que a veces nos cuesta reconocer. Tampoco es el mismo clínico el que trabaja en un sistema académicamente organizado, con residencias y régimen de promociones explícito y transparente, que aquél que debe hacer-lo en un congestionado consultorio de mutual, en una villa de emergencia o en un pequeño pueblo. Si confrontamos estas prácti-cas con nuestro modelo imaginario, con aquél que nos contaron nuestros maestros o simplemente con ese con el que habíamos so-ñado, es posible que las juzguemos como decadentes, pero: ¿por qué ser tan crueles con el presente? Después de todo, algo seme-jante le está ocurriendo al concepto de Atención Primaria, a pesar de su aparición más reciente.
Expresado en otras palabras, ni los actores ni el escenario son los mismos a través del espacio y del tiempo; por lo tanto, no po-dremos establecer más que aproximaciones que tendrán que ser consideradas en su contexto histórico, hoy más que siempre cam-biante. Si el contexto va sufriendo cambios, si éstos se están acele-rando y las necesidades profesionales también se van reacomodan-do, el propio perfil del médico internista debe ir sufriendo cambios en consecuencia. Así lo demuestra su historia. Aún así, desde la perspectiva que asume el autor, una reacomodación no puede con-ducirlo a perder su esencia. En otras palabras, una defensa de la posibilidad de adaptación del internista a un nuevo escenario, no debe significar resignación de algunas de las notas salientes que siempre hemos defendido de su especificidad.
Con estas salvedades, creemos que conviene empezar por ex-plicitar nuestro concepto acerca de ambos términos: APS y clínico internista, para poder entrar luego más de lleno en el problema.
Atención Primaria de Salud
La historia de Mario a Diego
A la “Atención Primaria de la Salud” (APS) le sucede como a tantos otros términos que son adoptados por los técnicos, cuando ya se han popularizado expresiones similares con distintas conno-taciones. Cuando en 1978, los países miembros de la Asamblea Mundial de la Salud lanzan la consigna “Salud para Todos en el año 2000” (SPT 2000) y expresan que para ello deberá adoptarse la estrategia de Atención Primaria de la Salud (OPS/UNICEF, 1978) ya en el mundo circulaban expresiones de sugestiva similitud, tales como “Primary Care”, “primer nivel de atención”, etc.
En la literatura anglosajona el término Primary Care es in-corporado al comienzo de la década del 60’ (White, 1961). Desde su comienzo, fue evidente que se había introducido un vocablo su-mamente conflictivo y ambiguo, al cual se le van adjuntando una amplia gama de disímiles significados:
• Primer contacto con el paciente,
• Integración de los aspectos psicosociales de la salud al lado de los estrictamente biomédicos,
• “Orientación” del paciente, por ejemplo en el sentido de servir de guía o dar pautas para nuevas intervenciones profesionales dentro del sistema de salud,
• Consideración de las cuestiones relativas a la familia y a la comuni-dad,
• Sensibilidad e interés por los aspectos epidemiológicos, trascendien-do la mera atención del episodio de enfermedad en ese paciente,
• Prevención de enfermedades,
• Promoción de la salud,
• Actitud y aptitudes para involucrarse con el diagnóstico de sindro-mes indiferenciados (polifacéticos o de origen incierto), etc.
En ocasión del informe del Institute of Medicine (1978) se de-finen como rasgos centrales de Primary Health Care la accesibili-dad, la amplitud o integralidad, la continuidad y coordinación (Ba-rondess, 1993). Nuevamente aparecen como rasgos centrales la supera-ción del abordaje puramente sintomático o incluso curativo de un simple episodio de enfermedad. Esta superación implica pensar en el paciente como un todo indivisible (integrando todos los aspectos de su salud, incluyendo su psiquismo y los aspectos sociales) tanto en el presente como también en el futuro y la coordinación de acti-vidades a partir de ese primer contacto con el sistema de salud, de manera que el paciente no tuviera que deambular por sí mismo por una maraña de especialidades o sitios de atención.
Todo ese camino había sido recorrido en la experiencia anglo-sajona, cuando la Conferencia Internacional de Alma Ata, celebra-da por la OMS y UNICEF, populariza el concepto de Atención Primaria de la Salud, que es definido como una estrategia que permitiría a todos los países del mundo alcanzar la meta “Salud pa-ra Todos” (OPS/OMS, 1980). A los 17 años, Primary Care ingresa a la universidad/universalidad del tercer mundo, camuflada ahora con un nombre latino. Sin embargo, el término APS, a lo largo de su corta historia, habría de estar signado por la misma incomprensión que su antecesor. En una revisión amplia de la literatura sobre APS, particularmente en las originadas en organismos internacio-nales, he encontrado muy escasas referencias al parentesco con Primary Health Care, circunstancia que parece tener cierta inten-cionalidad, como puede ser renegar de su más que evidente genea-logía.
Podemos afirmar que APS sufre de un equívoco/pecado origi-nal – parecería que nadie quiere acordarse de su origen – pero también de una confusión conceptual. Sucedió como si, para dife-renciarlo de su origen, se intentó darle una connotación mucho más ambiciosa, resultando en un concepto ambiguo, en cuanto la expresión se había cargado de tantas significaciones que perdió claridad y precisión. El resultado es que en la literatura pueden en-contrarse diferentes conceptualizaciones sobre APS (Bonazzola, 1995) (Grodos, 1988) que pueden resumirse en las siguientes:
(1) APS como primer nivel de atención. Se trata de una concep-ción de tipo técnico-administrativo. Se asimila con el nivel de los dispensarios, centros de salud, consultorios periféricos, etc., nom-bres cuya variabilidad suele reflejar diferencias sutiles en la fun-ción que ellos representan dentro de la red de servicios. Idealmen-te, estos centros deben estar en contacto estrecho con la comuni-dad, interconectados a través de una red de fácil referencia (deri-vación) con respecto a hospitales de mayor complejidad y ofrecer una atención de la mejor calidad, aunque no compleja en los as-pectos tecnológicos. Debe ser considerada como mano de obra in-tensiva, que se vale de lo que llamamos “tecnologías apropiadas”. La medida de calidad de estos centros se ha asociado con accesibi-lidad, adecuación, continuidad, efectividad, eficacia, eficiencia, aceptabilidad, seguridad y oportunidad. En el caso de España, es-pecíficamente en Cataluña, existe un ambicioso programa de mejo-ra de la calidad de atención, monitorizado por equipos multidisci-plinarios (Avellana et al., 1994-b).
2) APS como programa de acción específico. Esta definición en-fatiza en el cumplimiento de ciertos programas, generalmente refe-ridos a acciones específicas en las cuales se concentran recursos. Si bien no reniega de la ubicación preferencial en centros barriales, lo importante aquí se refiere a las acciones destinadas a superar problemas puntuales. Tiene objetivos y recursos diferenciados. Comprende al menos los siguientes componentes, que ya fueron definidos en Alma Ata: tratamiento de enfermedades más comu-nes, protección materno-infantil, vacunaciones, educación para la salud, lucha contra la desnutrición, prevención y control de enfer-medades endémicas, suministro de medicamentos esenciales y sa-neamiento del medio ambiente.
3) APS como estrategia. Esta es, en realidad, la ambiciosa con-cepción surgida de Alma-Ata. Una estrategia para la organización de los servicios de salud. Así entendida, debe comprender las si-guientes pautas: a) Un conjunto de centros de salud distribuidos en los barrios de toda la ciudad, que atiendan no solamente la deman-da espontánea sino que se hagan cargo de la atención continua de una determinada población. Están conectados dentro de una red: tienen un hospital de referencia, el cual debe ponerse al servicio de aquéllos. De allí que para muchos, debería suprimirse el adjetivo de “periféricos” para los Centros de Salud (además de que la ex-presión “centro periférico” constituya un disparate semántico); b) Se proporciona atención integral, es decir no solamente recupera-ción, sino también promoción, prevención y rehabilitación; c) Se estimula la participación comunitaria; d) Se trabaja intersectorial-mente, partiendo de la idea de que los problemas de salud no pue-den ser resueltos exclusivamente al interior del sector, por ejem-plo, con un simple aumento de recursos, ya sean tecnológicos, fi-nancieros o humanos (por ejemplo, más médicos, más estudios complementarios, etc.).
Como se dijo, ésta fue la concepción de APS que originalmen-te emerge de la Asamblea Mundial de la Salud. Como estrategia, ella convoca a todos los profesionales de la salud y dentro de ellos, a todos los médicos. Todos los niveles del sistema de salud deben comprometerse. Así entendida, la APS está estrechamente unida al concepto de buena calidad de atención, con personal capacitado y motivado, con adecuada articulación y comunicación entre todos los niveles del sistema (Grodos, 1988).
4) La APS selectiva es una variante metodológica con la que nos encontraremos. Ella puede ser considerada o bien un recorte de la concepción estratégica o como un programa, aún más restringido en sus metas. Es decir, partiendo de cualquiera de las concepciones se hace APS selectiva cuando se elige un grupo poblacional (gene-ralmente considerado con mayor riesgo), abandonando la idea de universalidad de cobertura.
Los defensores de esta variante, impulsada también por la UNICEF, consideran que Alma-Ata estableció una meta puramen-te retórica y que es inalcanzable en un futuro cercano. Se trataría, entonces, de usar los limitados recursos del modo más eficiente, eligiendo acciones de gran impacto, actuando sobre poblaciones particularmente expuestas a determinados factores mórbidos. Ma-rio Testa alertó hace tiempo contra esta visión parcializadora y po-pularizó la irónica pregunta que devela el verdadero dilema: ¿aten-ción primaria o primitiva? (Testa, op cit). Un concepto habitualmente manejado junto a esta propuesta ‘selectiva’, aunque no exclusivo de ella, es el de enfoque de riesgo (OPS/OMS, 1980). De acuerdo a lo que sostiene Bonazzola, esta postura fue como decir que las prime-ras postulaciones eran demasiado ambiciosas y que “para que pue-da pensarse en un modelo transformador, debe existir una viabili-dad, en lo político, en lo social, en lo económico. Como general-mente esta viabilidad es muy limitada, la APS debería consistir bá-sicamente en programas que apuntaran a los problemas de la po-blación y que se concentraran los recursos sobre la solución de es-tos problemas” (Bonazzola, 1995).
5) APS como un marco teórico global que impregna todo el sis-tema de salud. Este marco o ideología (al que algunos llaman con ligereza “filosofía”) a nuestro juicio se basa en las premisas de que la salud es un problema de todos, que es parte del bienestar social global, que en su determinación intervienen factores complejos de naturaleza no solamente biológica sino también psicológica y so-cial y que su resolución no puede ser encarada solamente desde el “sector salud” al cual pertenecemos, si bien nos cabe la mayor res-ponsabilidad. Esto implica una serie de principios en los cuales lo anterior puede ser desagregado:
Autorresponsabilidad individual, familiar y comunitaria en el fo-mento y restitución de la salud, generadora de una conciencia colec-tiva que hace que la población participe plenamente en la delimita-ción de las políticas de salud, así como en la evaluación y control de los programas (Montilva. 1991). Es una postura que parte desde el indivi-duo, el grupo y la comunidad, que dejan de ser simplemente usua-rios, en cuanto tienen responsabilidad y participación. Esto ha lleva-do a que en algunos enfoques los propios usuarios se consideren in-cluidos en el concepto de ‘recursos humanos en salud’ (Pazos Nogueira, 1991). Sin duda que este principio no significa que el sistema público de salud deba desprenderse de sus obligaciones. Tampoco es nuestra intención discutir aquí el concepto de ‘recursos humanos’ bastante controvertido pero difícil de substituir en la práctica.
Necesidad de una articulación intersectorial, para mejorar la situa-ción de la comunidad en todos los aspectos sociales, sanitarios, edu-cacionales, etc., que influyen como factores determinantes o intervi-nientes en salud. La interacción, articulación o aún la integración in-tersectorial aparece como necesaria en la medida que nos vamos acercando a los problemas de la comunidad. Lo que se intenta super-ar es la atomización, parcelización y dispersión de esfuerzos de dife-rentes sectores que atienden los problemas comunitarios, en donde cada agente desde diferentes ópticas disciplinarias y sectoriales, acu-de a la comunidad con una parte de la solución o una propuesta que por sí misma no logra producir el impacto necesario. Cuando más cerca nos encontramos de los problemas de la comunidad, más difícil resulta mantener el enfoque vertical y escindido que traemos desde un sector determinado de la práctica social. Quizás valga recordar el casi viejo aforismo: la comunidad tiene problemas, no sectores.
Importancia de contener el gasto en salud (especialmente en lo que se refiere a acciones sofisticadas y de dudoso impacto, cuando mu-chos de los problemas del bienestar social se producen por variables extrasectoriales, llámense éstas: trabajo, vivienda, alimentación, educación o agua potable). Esto se asocia al uso de tecnologías apro-piadas de acuerdo al nivel de complejidad que se trate.
Necesidad de equidad en la atención (que no es lo mismo que igual-dad), así como de atención oportuna, eficiente y continua. Recorde-mos que la igualdad significa dar a todos lo mismo, mientras que la equidad tiene en cuenta las carencias relativas, tratando precisamente de nivelar las oportunidades.
Enfoque totalizador respecto a la salud, que incluya los aspectos biomédicos, psicológicos y sociales, así como la atención integral (de la cual hemos hablado).
Quizás sea ésta la versión más completa, pero también la más complicada por carecer de variables operacionales, así como por inmiscuirse en problemas económico-sociales, (distribución del gasto público, etc.), cuestiones en las que difícilmente se podrá in-tervenir desde el campo social, en tanto no deseen ser compartidas por los economistas y otros que toman decisiones.
Vistas las diferentes acepciones sobre lo que es APS, y obser-vando cómo en cada región se aplica una versión más o menos vernácula del concepto, podemos concluir que éste encierra una confusión semántica. Probablemente sea debido a la preexistencia del término "primer nivel" (y APS tiene una fuerte carga signifi-cante en este sentido) o quizás porque se trata de un concepto tri-dimensional y nosotros aún vivimos en el mundo del plano, pero lo cierto que es que la mayoría de los médicos no tenemos categorías lógicas para pensar la atención primaria como estrategia. De paso, si quisiéramos jugar un poco con las palabras, veamos qué efecto nos producen las oraciones del recuadro:
....el sesgo semántico....
“médico que trabaja en el primer nivel de atención”
“médico del primer nivel”
“médico con una atención de primer nivel ”
“es un médico de primera”
“atención de primera”
“atención primaria”
“primera atención”
“atención primitiva”
(Reparemos cómo cambia la representación – la imagen que nos evoca – simplemente al agregar algún verbo o sustituir una pa-labra). Este juego de palabras es solamente para ilustrar qué deci-mos al hablar de “carga significante”.
De acuerdo a Bonazzola (1995), “si un mérito tiene esta cuestión de la Atención Primaria de la Salud, es que impregnó la polémica, la discusión y la acción sanitaria en los últimos tres lustros en nuestro país”. La APS puede ser evaluada siguiendo el “método de trazadores” de Kessner:
“Se podría tomar la atención primaria como un trazador, como se usa en Medicina con un isótopo o más recientemente se habla en forma metafórica del uso de trazadores en la evaluación de servicios. Ese trazador puede ser un evento; se estudia cómo pasa a través de diversos tejidos, de diversas situaciones y cómo es manejado por ca-da uno”... “si uno lo toma como trazador debería fijar rangos de normalidad y de patologías... para nosotros la normalidad tiene que ver con acciones que apuntan al desarrollo de justicia social, de equidad, de participación, de calidad de atención, en los sistemas de salud”
(Bonazzola -op cit- pag 23)
Personalmente interpreto que los debates que se generan alre-dedor de la APS giran sobre varios ejes:
APS ¿sí o no?
¿APS para todos o APS selectiva?
¿APS como primer nivel, como programa, como estrategia?
Recursos humanos para APS: ¿generalistas o especialistas?
Considero que las interpretaciones precedentes de APS repre-sentan proyectos de distinta extensión y miras. Son más simples, pero a la vez más limitadas las concepciones de “programa”, “pri-mer nivel” y “APS selectiva”, y tienen objetivos más universales, aunque más complejos, los de “estrategia” y “marco teórico”. Pero estas categorías no son excluyentes, y pueden combinarse de di-versas maneras. Si combinamos un manejo tecnocrático con recur-so humano subespecializado, la APS presentará un sesgo hacia la superespecialización y alto coste tecnológico y tenderá a reprodu-cir o a multiplicar los problemas de los grandes hospitales. Si combinamos APS como primer nivel, más APS selectiva, más un manejo burocrático tendremos un sesgo en donde la APS será atención pobre para pobres. La tergiversación es aún más marcada si APS es sólo un programa, como lo advierte la OPS (1980) Efecti-vamente, en muchos países o regiones ha devenido una “atención primitiva”, para gente de zonas marginales, a la cual se destinan escasos recursos, para dar solución – a veces provisoria – a los problemas más acuciantes en contacto estrecho con la comunidad.
Cuando nuestro país subscribe el pronunciamiento de Alma-Ata y adhiere a la estrategia de atención primaria en 1978, lo que se produjo fue un arreglo cosmético de los servicios para adecuar-los a los nuevos tiempos. Las mismas acciones que durante años constituyeron el andamiaje de sistemas tradicionales de salud, con todas sus falencias, por decreto pasaron a ser APS. Se trataba de juntar en un mismo paquete todo lo que fuera destinado a la pobla-ción marginal, designando personal a partir de una estructura bu-rocrática y de una partida que identificaba al programa.
Puedo relatar algunas de las experiencias vividas en la Provin-cia de Río Negro – donde por entonces me desempeñaba como clí-nico –. Como ejemplo de la confusión, se conformaron grupos de médicos (muchas veces subespecialistas), enfermeros, paramédi-cos, etc., quienes se turnaban periódicamente para visitar los hoga-res de riesgo, todos con la misma tarea: encuestar. Naturalmente que esto también podría juzgarse como un intento de democratiza-ción y popularización de las prácticas profesionales si no hubiera ocurrido en el contexto en el cual ocurrió. Me refiero a la época del mundial del 78’ ... mientras Mario nos alegraba con sus jugadas... y nuestra atención se mantenía distraída.
Si combinamos APS como estrategia y como marco teórico global, tendremos una utopía, que podrá realizarse cuando todos los factores humanos involucrados directa e indirectamente, sean arrastrados por la idea. Mientras tanto seguirá siendo retórica.
Sin embargo, básicamente coincido con quienes piensan que la APS puede ser una instancia democratizadora en cuanto permi-te que a través de la participación de la comunidad, los problemas sean encarados en forma intersectorial y oportunamente, con crite-rios de prioridades discutidos con la propia comunidad y los que integran el equipo de salud que trabaja con ella. Instancia demo-cratizadora y transformadora del sistema de salud y quizás con proyección hacia la problemática social global: agua corriente, educación, alimentación, medios de comunicación, violencia, son todos problemas que emergen cotidianamente en la atención de un centro de salud.
Sea entendida de una u otra manera, un componente esencial de la APS es la atención por niveles, permitiendo y fomentando que el acceso al sistema de salud se produzca en el primer nivel. Para su correcta implementación, este nivel debe estar conectado fluidamente con los hospitales de referencia, para favorecer la cir-culación – el flujo y reflujo, si se quiere emplear un término más biologicista – de pacientes, personal de consulta, información, etc. Así entendida, la APS debe mejorar la accesibilidad geográfica, económica y cultural (en cuanto existe un contacto más personali-zado con el personal de un centro de salud que el que se brinda en los grandes hospitales). Se abarata el coste de la atención con res-pecto a los hospitales, los cuales pueden concentrar sus recursos para la solución de patologías más complejas o graves; para ello no se requiere disminuir la calidad de atención en el primer nivel. En pocas palabras: acceso por el primer nivel, circulación facilitada hacia el resto del sistema cuando sea necesario.
Existen estudios que demuestran en cifras que los sistemas de salud con un fuerte sector de APS producen mejor resultado en la salud de las poblaciones a las que asisten. En un estudio compara-tivo de la APS en diferentes países, hubo una concordancia general entre el puntaje asignado a la APS, el índice de satisfacción sobre el servicio y los indicadores de salud, de tal manera que los países con puntajes más altos en general tenían mejores indicadores de salud, una población más satisfecha y un sistema menos costoso (Starfield, 1991).
Pero, volviendo a la metáfora propuesta por Bonazzola, cuan-do el trazador de APS atraviesa tejidos o sistemas enfermos en-contramos que, en vez de puerta de entrada, se convierte en una primera barrera a sortear por los pacientes. No existe buen flujo de referencia y contrarreferencia y tanto los pacientes como el perso-nal de salud se sienten empantanados en la periferia del sistema de salud y hasta en los márgenes del tejido social. Se implementa con poca infraestructura y generalmente de espaldas a los adelantos tecnológicos básicos – como puede ser un aparato de rayos o un laboratorio mínimo –. Si es una atención para pobres a la cual se destinan recursos escasos... ¿qué ocurre con los profesionales?: generalmente carecen de incentivo académico, de estímulo econó-mico y aún del reconocimiento de sus pares.
En la ciudad de Rosario, la atención primaria (sin ese nombre) tiene una historia antigua. Como narra V. H. Tessi (1995) en la déca-da del 30, se crean centros de puericultura por iniciativa del Dr. Recalde Cuesta. Dos décadas después, el Dr. José Celoria, en la Secretaría de Salud, implementa tres dispensarios – esto significa que atendían exclusivamente por demanda –. En el año 70, se pone en práctica un programa que incluía acciones de protección, recu-peración y rehabilitación de la salud de la población de menores recursos económicos, específicamente dirigida a la embarazada y al niño. Se organizaba sobre la estructura de los centros de mater-nidad e infancia, teniendo entre sus objetivos, la promoción de la salud, disminuir la morbimortalidad infantil, el saneamiento am-biental, lograr la constitución legal de la familia.
Una publicación de OPS evalúa los programas desarrollados en la ciudad de Rosario por el gobierno provincial. Lo mismo que el gobierno nacional, a partir de 1978, y a pesar de la adhesión plena a la declaración de Alma-Ata, en nuestra provincia la APS comienza siendo selectiva. En primer lugar, por la forma en que define la población objetivo: áreas con mayor atraso económico-social o grupos marginados residentes en villas miserias. Esa fue la definición adoptada por el gobierno de la provincia de Santa Fe al crear el programa de APS para grandes áreas urbanas.
“La implantación de este programa en Rosario se produjo luego de más de una década de experiencia en las áreas rurales más pobres del norte de la provincia. El programa tuvo desde su inicio una fuerte influencia concep-tual y metodológica de la APS para población rural dispersa, cuyos compo-nentes más significativos son: el agente de salud comunitario, la ronda pe-riódica que éste realiza con base en tareas definidas y el énfasis puesto en el área maternoinfantil y enfermedades infecciosas.”
“El traslado mecánico de la experiencia rural al área urbana de Rosario, la ausencia de estudios epidemiológicos previos.... y su implantación en ser-vicios de salud que poseían una larga tradición como dispensarios y hospi-tales aislados en los que se atendía la demanda espontánea y, por lo tanto, sin un sistema regionalizado por niveles de complejidad, fueron y continúan siendo condicionantes fuertes de la actual estructura y funcionamiento del programa”.
“En Rosario, la APS está restringida exclusivamente a la población de los “asentamientos irregulares”, y adopta la forma de un conjunto de activida-des normatizadas para familias cuya existencia transcurre en condiciones de pobreza extrema. Cabe destacar que dentro de la población que demanda atención en los servicios asistenciales del sector público, la procedente de las villas constituye sólo una parte debido a que, como se señalara antes, el problema de la pobreza actualmente supera con amplitud los límites de las villas identificadas por los estudios catastrales”. (Bloch, et al 1992)
En lo que respecta a la Secretaría de Salud Pública Municipal – responsable de más de la mitad de los efectores públicos de la ciudad – en los últimos años se dio fuerte impulso presupuestario y multiplicó exponencialmente la red de efectores de Atención Pri-maria. La concepción subyacente es la de APS como primer nivel, existiendo una Dirección de la cual dependen aproximadamente 50 centros de salud. Sin embargo, por su articulación con los hospita-les de referencia, puede observarse que las acciones están guiadas por la concepción estratégica. El recurso humano está constituido por profesionales de diferentes especialidades y aún subespecialis-tas, siendo evidente la dificultad en obtener profesionales de orien-tación generalista, a pesar de haberse creado una residencia de Medicina General. La preocupación por el tema queda reflejada en dos Seminarios llevados a cabo en la última década, así como en numerosos congresos (Paradiso, 1995, 1999).
Es el momento de una breve síntesis. La APS aparece como un terreno fangoso, en cuya concepción se entrecruzan distintas lí-neas teóricas y en cuya aplicación aparecen los aspectos técnicos entremezclados con los económicos y políticos. Aún dentro de un país o una ciudad tendremos contradicciones que confundirían a cualquier extranjero a quien se le intente explicar qué es eso de la atención primaria. Los internistas, si los hay, deben conocer las particularidades y las ambigüedades del medio y se deben preparar para desempeñar su trabajo en condiciones que no siempre son las ideales.
Nos vamos acercando así al otro punto que nos interesa: ¿con qué recurso humano debemos contar en APS? En la mayor parte de las publicaciones, Primary Care se encuentra equiparada a me-dicina de orientación generalista, incluyendo medicina familiar, medicina interna y pediatría. Precisamente, en muchos países, se comienza a pensar en una gestión de recursos humanos que enfati-ce la orientación generalista de los médicos. En España, el Minis-terio de Sanidad crea, en 1978, la especialidad de Medicina Fami-liar y Comunitaria, para permitir desarrollar adecuadamente la Atención Primaria y sirviera de “punta de lanza de la Reforma Sa-nitaria” (Gómez Gazcón, 1991).
El médico clínico
“En el antiguo cantar de Beowulf, monumento iniciático de las lite-raturas germánicas, se cuenta la historia de un dragón que custodia un inmenso tesoro, al que el paladín dará muerte y arrebatará la ri-queza; pero se añade un curioso detalle: mientras espera el héroe que ha de matarle, el dragón, presa de un azoro que lo humaniza, ba-ja de vez en cuando a la cueva para comprobar que el tesoro sigue intacto”. (tomado de F. Savater, 1986, pp 57-70)
El clínico ya ha sido definido en el primer capítulo. Algunos de sus rasgos han sido resumidos por Borghetti: cultura general más que particular, preeminencia del razonamiento por sobre la tecnología, atención al proceso más que al acto, medicina del hombre más que de la enfermedad, en cuanto privilegia la persona-lización del abordaje, atención global y no parcelar, gastos míni-mos y alto compromiso humano. La medicina interna no es ciencia de la enfermedad singular sino del hombre sano y enfermo, que privilegia la personificación del abordaje. Su pensamiento debe ser flexible, operando en base a métodos generales, (causales, fisiopa-tológicos, sistémicos, familiares) persiguiendo el objetivo del bienestar global. Empleando términos del autor citado:
“La importancia del pensamiento global y del razonamiento basado en los métodos y modelos más que en los cuadros, se corresponde con ... que muchos de los problemas de los pacientes no son resueltos exclusivamente con la ciencia biomédica o con la tecnología, sino que precisan de la experiencia humana y de la interaccción perso-nal” (Borghetti, 1994).
Sostengo que el perfil del internista no puede ser cubierto por un conjunto de subespecialistas. Si esto es cierto para los sistemas hospitalarios complejos, aún lo es más en el ámbito de la APS. Los problemas del paciente, especialmente considerados en su contexto familiar y comunitario, escapan a la tendencia reduccionista, gene-rada a partir de visiones fragmentarias. El punto de partida debe ser necesariamente el problema y éste siempre que sea considerado en todas sus dimensiones.
El clínico tiene una esencia que parece haber resistido el paso del tiempo, aunque hayan cambiado las condiciones de la práctica. Se expresa en una continuidad desde los primeros que se acercaron al ser sufriente con disposición para escucharlo, para tocarlo, para auscultarlo, que han adquirido un método para registrar los hallaz-gos, producto de ese particular encuentro médico-paciente, que es integral en cuanto no admite fragmentaciones: no puede limitar su campo de interés a una parte de ese todo que es el ser humano.
El clínico que hoy conocemos, adquiere su plena identidad en un contexto de sociedad industrial en auge, con el optimismo de la inclusión social y del bienestar social para todos, en un momento de confianza plena en el progreso continuo. Un poco más cerca, cuando comienza la deserción de las especialidades, de la mano de la tecnología, el clínico aparece como el remanente de la diáspora. El propio desafío y los aportes de las especialidades – con creci-miento y desarrollos propios – le permite incorporar conocimien-tos más sistemáticos. El clínico actual puede sintetizar las expe-riencias profundas pero parciales provistas por las disciplinas des-prendidas, con las cuales disputa muchas veces el terreno del co-nocimiento, favorecido por su enfoque más integral. Quizás la di-ferencia entre el clínico de generaciones anteriores con el actual podría ser la que existe entre el sincretismo y la síntesis, entre la indiscriminación y la visión estructural.
Cuando a Pitágoras se le preguntó qué era eso de la filosofía, respondió que se parece a los espectáculos de la feria: estaban los contendientes o agonistas, los mercaderes que compraban y vendí-an, lucrando con la gente, y estaban los espectadores. Entre éstos había algunos que solamente iban para estudiar cómo se desarro-llaba el juego. En algún sentido, últimamente menos metafórico, el clínico se está pareciendo mucho al filósofo: amante de la sabidu-ría y de las preguntas difíciles, bastante alejado del manejo de ins-trumentos, espectador de mirada indiscreta, visión integradora, crí-tico, cada vez más apartado de las esferas de decisión en las gran-des instituciones y sin dinero.
El clínico y la Atención Primaria
Veamos ahora, delineados sus perfiles, cómo se combinan, se atraen o se rechazan, los conceptos de clínico y de APS.
• Si APS es solamente considerada como atención del primer nivel, en un pequeño consultorio barrial, y si el clínico es visto como un pro-fesional especializado en patologías complejas, formado en centros de alta excelencia, existirá una inadecuación entre las necesidades del servicio y las expectativas y capacitación del clínico.
• Si, en cambio, la APS es vista como una estrategia que atraviesa e impregna a todos los niveles, aún ese tipo de clínico “de excelen-cia” debe estar preparado para ser incorporado y jugar un rol deci-sivo – tanto más en cuanto nos acercamos a la mayor complejidad –. Los imperativos de un sistema integrado permiten, a la vez, la rota-ción de especialistas a los centros más apartados, en donde el clínico, tanto como el pediatra o el tocoginecólogo pueden constituir un equipo de consulta para los médicos generales que atienden un con-sultorio unipersonal. De hecho este sistema ha sido propuesto y ya funciona en algunos sitios de nuestro país.
• Pero también puede suceder que el clínico sea apreciado no sólo co-mo un “especialista de lo complejo”, sino como un médico cuya principal nota sea la visión integradora del paciente, con una forma-ción amplia que incluya el conocimiento de los problemas del primer nivel y aún la práctica comunitaria . Allí se enfrentará con dema-siada frecuencia con problemas complejos o mal delimitados, que desafían cualquier enfoque disciplinario profesional y plantean la necesidad de integrar, además de los conocimientos médicos (inclu-yendo adecuado manejo de la investigación epidemiológica) aspec-tos como los psicológicos y sociales, la organización de los servicios de salud, etc., aceptando que la Salud no es un tema que pueda ser competencia exclusiva de los médicos, ni siquiera del equipo com-pleto de atención. Para un clínico de estas características, su capaci-tación e interés se amplía desde lo exclusivamente somático hacia lo bio-psico-social, desde el diagnóstico y la terapéutica hacia la aten-ción integral (incluyendo promoción, prevención, recuperación y re-habilitación), desde el centro a la periferia, desde el texto al contex-to, desde lo disciplinar a lo interdisciplinario. Este perfil es lo que la práctica muestra como necesario para quien intente un abordaje ac-tualizado de los problemas que se presentan a nivel comunitario.
En resumen, el clínico puede desempeñar un rol importante en APS. Esto coincide con las experiencias tanto de nuestro país co-mo internacionales, que muestran que el clínico llena bien las ne-cesidades de la APS. El American College of Physicians (1995) afirma que los internistas están preparados para proveer atención primaria aún en medio rural, a pesar de que pocos de ellos lo eli-gen como lugar de práctica. Los internistas deberían compartir la práctica rural junto con sus colegas especializados en medicina familiar y pediatría general. Para ello recomienda aumentar el nú-mero de internistas generales y médicos de familia en las áreas ru-rales. Christakis define como generalistas a quienes practican una de las especialidades de atención primaria: práctica general, medi-cina familiar, pediatría general, geriatría, medicina preventiva ge-neral, medicina interna general y tocoginecología (Christakis, 1994).
Otros autores consideran que el perfil más pertinente para el primer nivel de atención es el del médico general o médico de fa-milia, cuyo entrenamiento está dedicado exclusivamente a la aten-ción primaria. Los pediatras generales y los internistas generales serían, para este enfoque, médicos de atención primaria "interme-dios" debido a que su entrenamiento tiene una orientación mayor hacia la subespecialidad" (Starfield, 1991). El resto de los especialistas quedan excluidos de la APS, debido precisamente a su orientación. Probablemente esta posición sea la más correcta en la mayoría de los casos, siempre y cuando exista una oferta adecuada de aquellos profesionales generalistas.
Es posible que algunos clínicos estén considerando como un desafío la aparición de MF y MG, que constituyen como un nuevo frente de batalla en la disputa por la delimitación del campo de trabajo. Este frente se abre en el extremo opuesto del generado por las subespecialidades y como consecuencia de la necesidad de atención de comunidades marginales y se verifica en países tan distintos como EEUU y Cuba, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados. Podría inferirse que entre estas dos fronteras, el clínico disputa el terreno del conocimiento y la in-cumbencia disciplinaria. La diferencia con el MG, continúa siendo la preparación que éste tiene en el manejo de problemas tocogine-cológicos, cirugía menor, niños, traumatismos y otros accidentes, etc. Por eso el MG es insustituible para los consultorios uniperso-nales, rurales o marginales y salas de urgencia situadas en los ba-rrios más alejados. Sin embargo, el internista y el MG comparten el enfoque integrador. Deberíamos preguntarnos cuánto han here-dado los MG de los clínicos, cuánto está presente en ellos de aque-lla esencia. También, quizás más temprano o más tarde los múlti-ples intereses comunes nos convenzan del imperativo de una con-vergencia y articulación entre nuestras prácticas.
Con respecto a las subespecialidades desprendidas de la clíni-ca (cardiología, endocrinología, nefrología, etc.) la diferencia está en el recorte que éstas hacen de su objeto de estudio, ante la nece-sidad de profundizar en la experiencia, en la investigación o en el manejo de aparatos complejos. Nos parece una diferencia más compleja y profunda, en cuanto la fragmentación continúe obede-ciendo a una práctica sobredeterminada por el manejo de la tecno-logía. No me parece adecuado que un subespecialista sea personal permanente de los consultorios del primer nivel, aunque una va-riante posible es su traslado como consultor periódico, actuando bajo demanda de los médicos de orientación general. Esta variante forma parte de la racionalidad de los dispositivos en red (Rovere, 1999).
También desde el lado de la pediatría han surgido competen-cias y pujas con los MG por la atención en el primer nivel. Una lis-ta de discusión en Internet (MedFam), en la actualidad está alimentada permanentemente con opiniones al respecto. Algunos pediatras se resisten a ser considerados consultores y arguyen que la atención por MG hará decaer la calidad de atención, lo cual es fuertemente rebatido por los MG. Personalmente creo que cualquier definición tajante o a priori es peligrosa. Debe conocerse el contexto en el cual se incluirá ese recurso. Sin duda que el MG resulta más fun-cional y puede actuar con solvencia en los casos para los cuales es-tá habilitado, tanto en clínica como en pediatría o en otras especia-lidades básicas. En los casos en los cuales existen MG, contando con la posibilidad de consultas o de visitas de especialistas, no de-bería discutirse la prioridad. En otros casos, existen numerosos pe-diatras, clínicos y tocoginecólogos ya formados para la atención del primer nivel y en realidad faltan MG. En estos casos debería contemplarse una política de largo plazo de aliento efectivo de la MG, pero a la vez de respeto por las especialidades que ya están funcionando. Una alternativa es la capacitación de subespecialis-tas, formándolos como MG, lo cual ya se practica en algunos si-tios. Sería una inversión de la corriente hegemónica, pero debe acompañarse de una política muy clara y sin titubeos de parte de los organismos empleadores, especialmente del Estado.
Digámoslo con franqueza. El tipo de profesional que requiere el nivel primario, debe tener cierta predisposición y una adecuada capacitación, que debe incluir una experiencia suficiente por el ámbito extrahospitalario: consultorios, centros comunitarios, etc. Por lo contrario, mientras el médico sea exclusivamente formado en el marco de una institución de alta complejidad, su antipatía por la situación emergente en las comunidades marginales podría re-sultarle un escollo difícil de salvar, por lo que podríamos llamar un cierto recelo epistemofílico . Dicho en términos que nos son fami-liares, se trata de aquellos pacientes que no han leído el libro de medicina y que consultan por patologías banales, complicadas por lo psicológico y lo social.
Si estas afirmaciones pueden parecer exageradas para quien no se ha adentrado en el problema, son en cambio muy conocidas pa-ra los propios profesionales. En EEUU hace pocos años se generó una discusión bastante ilustrativa publicada por el New England Journal of Medicine, en donde algunos médicos instaban a repartir los “pacientes indeseables” mientras que otros consideraban que ciertos especialistas no tienen capacitación ni interés en tales ca-sos. Vale la pena reproducir algunos de los argumentos:
“El Dr. Fitzgerald propuso que los pacientes indeseables desde el punto de vista médico, tales como esos que consultan por problemas indefinidos, sean distribuidos entre las especialidades más que limi-tar la frustración de su cuidado a los médicos de las salas. Si yo tu-viera la mala fortuna de ser uno de tales pacientes, yo preferiría que mi cuidado estuviera dirigido por un médico que apreciara las en-fermedades multisistémicas.
No creo que distribuir estos pacientes entre cirujanos, traumatólo-gos y neumonólogos pueda servir a los intereses médicos de estos pa-cientes.” (Plotzker, 1993).
El autor rescata la figura de los MF y los internistas, que son los que pueden interesarse en este tipo de pacientes. Fitzgerald replica:
“El Dr. Plotzker sugiere que los médicos que no pertenecen a aten-ción primaria tratarían mal a ciertos pacientes. Yo no estoy seguro que esto sea verdad. Sí estoy convencido de que los sobrecargados equipos de médicos a domicilio en las disciplinas de atención prima-ria, particularmente en un momento en que su número está disminu-yendo, no necesariamente tratan bien a estos pacientes. De hecho, pacientes con problemas mal definidos o con disfunciones que no re-quieren hospitalización aguda pueden ser puestos en peligro más que ayudados si los internamos en un hospital universitario, no importa en qué servicio sea” ...
La mayor parte de los estudiantes de medicina empiezan su carrera con interés, entusiasmo y energía. Es nuestra tarea como maestros y médicos asegurarnos que estas cualidades no sólo sean preservadas sino también desarrolladas y transmitidas al cuidado de los pacien-tes. Cada paciente debería sentir legítimamente, como si para su mé-dico él es un gran caso”. (Fitzgerald, 1993, pág 731).
Como vemos, la réplica a favor de la intervención de especia-listas, en realidad se basa en otros argumentos que no responden directamente al planteo anterior. En primer lugar, sugiere que por la falta de MF, éstos actúan cansados y sobrecargados de trabajo. Esto ocurre en los EEUU y también en nuestro país. Aceptamos que, hasta tanto se revierta la tendencia a la subespecialización, deberemos recurrir a subespecialistas para la atención primaria. En segundo lugar, afirma algo que los médicos conocemos: la persis-tencia de pacientes en internación – para llenar las exigencias de ciertos casos en los hospitales universitarios – es algo que muchas veces pone en peligro la salud del paciente. Y tercero que los pa-cientes crónicos pueden ser cuidados (más que curados) por equi-pos interdisciplinarios en donde se destacan las figuras de personal de enfermería y paramédicos. Los argumentos son interesantes y cuidadosos, pero no rebaten la necesidad de contar con MG.
Tanto en nuestro país como en el exterior, la carencia de inter-nistas con orientación general es vista con preocupación y ello está ligado al desinterés de los internistas “de excelencia” por trabajar en áreas de atención primaria (rurales o no). Algunos creen que el internista general es una especie en peligro de extinción (Kassirer, 1993) lo cual no parece ser el caso de la pediatría, homóloga de la clínica médica en diferente grupo etáreo. Debemos formar médicos que tengan interés en trabajar en el nivel primario, de allí la necesidad de una política más firme de parte de los organismos gubernamen-tales. No todos están de acuerdo. La Asociación de Profesores Subespecialistas afirma que “parte de la definición de una profe-sión es que ella debería regularse a sí misma. La responsabilidad para la auto-regulación debería nacer de nuestra voluntad colecti-va, no de la del gobierno” (Association Subspeciality Professors, 1994). No nos será difícil develar la ideología que subyace tras esta definición, francamente contraria a la intervención del Estado en las políticas de recursos humanos: la regulación es una potestad corporativa. Pero ... ¿cómo la calificaríamos? ¿neoliberal? ¿corporativista?.
Volvamos a la necesidad del nivel primario de contar con mé-dicos capacitados y a la necesidad del clínico de incorporarse ple-namente al mismo. No existe una única solución, como pudimos ver. Sin embargo, volvamos a pensar si un internista rígidamente aferrado a los centros de excelencia y complejidad, será en el futu-ro quien llene los espacios que la sociedad está demandando. Te-nemos inusitadas libertades para elegir carrera, especialidad y sub-especialidad, puesto que la mayor parte de los gobiernos son abs-tencionistas al respecto. Hay demanda social ¿Podemos mejorar la oferta?
Sin embargo, tal como Barondess (1993) alerta, la identificación plena o la absorción del clínico con el primer nivel no es correcta ni conveniente. No es correcta porque el internista también está preparado, y debería seguir estándolo, para el manejo de los servi-cios de mediana y gran complejidad. No es conveniente, porque la preparación en la especialidad le limita espacios e incumbencias. Y porque la identificación exclusiva con el primer nivel puede quitar un atractivo para muchos futuros internistas. Quizás una solución sea el ampliar el perfil del internista. ¿Podrá el clínico del futuro diferenciarse por niveles de atención, con un clivaje en sentido ho-rizontal?. Estoy pensando en un clínico que luego de una residen-cia en Medicina Interna general, realice una capacitación ulterior como para convertirse en experto en diferentes niveles del sistema: primer nivel de atención, hospital general, unidades de cuidados intensivos, etc.
Lo dicho para el clínico, podría ser aplicado al resto de las es-pecialidades básicas (especialmente pediatría y tocoginecología): en las ciudades grandes debe pensarse en perfiles polifacéticos de estos profesionales para poder desempeñarse en diferentes niveles del sistema y en una eventual capacitación ulterior.
Hubiera preferido cerrar estas reflexiones con más certezas. Pero se han abierto más interrogantes que los que formulamos al comienzo. En un sentido nos puede dejar tranquilos. Como hubiera dicho Savater, las certezas son para los dragones. Por ahora el te-soro está, pero si nos descuidamos quizás no sea el príncipe de la leyenda germana el que lo rescate y en nuestro próximo descenso a la cueva nos encontremos con que el tesoro ya no existe.